24.12.16

Felicidad

Por Andréi Tarkovski

—Amigo, no llegarás a nada…
Dobló las hojas de papel garabateadas, las rompió de través y, después de hacer bola con ellas, la lanzó al alféizar de la ventana.
¿De verdad no podía extraer nada más de su cerebro?
En otro tiempo los objetos a su alrededor suscitaban en él un sinfín de asociaciones e imágenes. Pero nunca sus pensamientos habían escapado de su control de una manera irremediable. Todos corrían en el mismo sentido, en dirección a un punto que desde hacía tiempo ya no era simplemente un punto de su conciencia. Se henchía, se agrandaba, tratando de absorber el flujo de sus pensamientos e ideas. No podía evitar pensar en ello. Todo le salía mal.
Sí… Era simplemente un mal escritor. Y sería ingenuo pensar que lograría obtener algo. Había despilfarrado toda su fuerza espiritual en otro ser y ya no le quedaba nada. Ahora no escribiría ni una línea. Punto final.
Se levantó, se acercó a la ventana. De una tetera de loza sirvió té frío en un vaso sucio y pegajoso. La infusión, fría y amarga, lo refrescó de un modo agradable.
Mientras bebía, se acordó de ella sentada en la cama, con los labios hinchados por sus besos, ligeramente aturdida, serena y aparentemente colmada de felicidad.
—Dame de beber.
Él se levantó para llevarle la tetera de loza que contenía té frío, y ella bebió aplicando los labios directamente en el pico. La tetera silbaba como una corneta de corteza de abedul cuando aspiraba el té amargo a través del pico roto.
Sacó una cajetilla de cigarrillos arrugada, se sentó en el alféizar y, después de apagar la cerilla soplando sobre la voluta de humo, se puso a fumar. Más allá de la ventanita semicircular aparecieron el tejado de la casa contigua y un tragaluz con el marco enrejado y abierto. Parte de la rejilla estaba rota, y la hoja izquierda colgaba de un solo gozne. Chimeneas de ladrillo sobresalían del tejado. Detrás de ellas se vislumbraba el cielo, gris y brillante, en el que flotaban las nubes despacio, con aire diligente.
Seguramente haría buen tiempo. A veces el sol se traslucía a través de las sutiles nubes blancas, y detrás de la ventana revivía un trozo de pared, iluminado por una luz intensa y caliente. Entonces algo oprimía su corazón y el dolor se redoblaba.
¿De veras no volvería a escribir ni una línea porque ella no estaba a su lado? Pero había tantas cosas de las que se podía escribir… Del camino en el bosque, en el Oká, cuando, tras cesar una lluvia virulenta, el sol calienta y seca el follaje húmedo, así como del arcilloso suelo inundado.  En los márgenes del sendero rojo, cuyos baches y surcos están llenos de un sol líquido, los viejos alisos parecen congelados. Lavadas por la lluvia, sus hojas, de un gris polvoriento. La tierra humea y, en el lindero del camino, en una charca seca cubierta de barro viscoso y relumbrante, se empujan las mariposas blancas. Son muchas y se pasean con aire diligente, mientras mueven las antenas.
Habría podido describir también su paseo nocturno por un callejón nevado cuando el cielo estaba oscuro, así como las casas, los árboles y las aceras revestidas de una ligera y suave nieve sobre la cual quedaban marcadas las huelas oscuras y nítidas. Caminaban despacio, muy despacio, como sólo caminan las personas enfermas, abatidas o enamoradas. De no haber estado allí las huellas oscuras, habrían creído flotar en el aire, sin tocar la tierra. Un borracho los adelantó mientras bordeaban la maternidad donde, encima de la entrada de servicio, estaba colgada una placa de cristal, iluminada desde dentro y espolvoreada de nieve. En el cristal se leía: ACOGIDA DE PARTURIENTAS.

No se irritaron cuando el borracho se puso a explicarles, con una voz ronca y de manera incoherente, las costumbres que regían en la comisaría de policía, adonde había ido a parar a causa de un malentendido. Luego el hombre se detuvo de improviso y les obligó a hacer lo propio, pues les cerraba el camino. Mirándolos a los ojos y dando un paso atrás, dijo: ¡Dichosos, son! Y ellos estaban allí, observándolo y sonriendo de un modo estúpido. Luego el borracho se fue; caminaba apresuradamente, sin titubear y en silencio. Les dio una impresión de que se le había pasado la embriaguez. Sus botas dejaban unas huellas regulares en la nieve y, en la esquina de la calle, se volvió y les hizo una señal con la mano. Ellos se miraron, y ella le sonrió como sólo puede hacerlo alguien que ha vivido por lo menos mil años en la tierra.
Podía escribir también del viejo buscador de oro al que había conocido en Múrmansk y con el que trabajó en una expedición geológica.
Se llamaba Nikíforov. Tenía una hermosa cara de hombre viejo, ojos que parecían cubitos de hielo, pero en los que la ternura y el ingenio insuflaban calor. En cierta medida le recordaba al actor norteamericano Gary Cooper.
A Nikíforov le temblaban las manos porque, en los años treinta, había trabajado en las minas de mercurio. Dentro del equipo de geólogos el hombre se ocupaba de limpiar los minerales y ganaba poco dinero.
Una noche, cuando todos dormían y sobre el Yeniséi soplaba un viento sombrío que arrastraba nieve mojada y pura a la orilla y a las mugrientas carreteras, sobre la colonia en la que vivían los geólogos resonó un grito prolongado, ensordecido por las embestidas del viento contra los muros del barracón.
—¡O-ho-ooo!
De ese modo solo gritaban en la taiga.
Se levantó del catre y se cubrió con la zamarra antes de salir. Aún no era medianoche, pero todo el mundo dormía debido a la fatiga acumulada durante el día pasado, cargando el material de la expedición. Eran los últimos días antes de regresar a la base, a Krasnoyarsk.
En medio del patio vacío había un hombre que tiraba de un trineo grande de madera por el extremo de una cuerda cubierta de hielo. El trineo estaba cargado de cajas. El flagelante viento le azotaba la cara, y él se bamboleaba, sin soltar la cuerda, y gritaba:
—¡O-ho-ooo!
Era Nikíforov. Estaba ebrio. Y, como luego se supo, las cajas contenían alcohol que había comprado para celebrar el final de la temporada de trabajo.
Y el equipo de geólogos lo celebró durante dos días. De todo el dinero que había ganado Nikíforov en la temporada, apenas le quedaba algo para el billete de vuelta a Krasnoyarsk, donde, al parecer, se había comprometido a ir a trabajar al Extremo Norte durante el invierno. Nikíforov era siberiano y tenía un alma intensa.
Habría podido escribir muchas cosas si… Si hubiera sabido escribir.

Se levantó del sofá, se quitó la camisa sucia y los viejos pantalones de casa, y, tras sacar del armario una camisa limpia, se acercó a la ventana y empezó a vestirse. 



Tomado de: Escritos de juventud, 2015.

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