16.6.15

La obra de Francisco Corzas

Por Salvador Elizondo

La sustancia de estas formas es la textura con la que la pincelada las ha ido construyendo al crear una trama sucesiva de planos translúcidos. Esa textura también es una figuración creada por el artista mediante la sobreposición de capas tersas de pigmento diluido en un vehículo no aceitoso, sino en un barniz más volátil, al modo de las lacas o de las tintas. Las transparencias son cada vez más oscuras. Los excedentes de pintura se recogen pasando una brocha gorda a contrapelo. Los accidentes de la textura se van así acentuando cada vez más, mediante este procedimiento que crea una pátina óptica sobre toda la superficie del cuadro. Debajo de estas veladuras sombrías vibra la intensidad de los colores más brillantes que subyacen. Los últimos acentos son esas extrañas caligrafías negras; formas aracnoideas que desfiguran intempestivamente, concretándola como una conjunción de planos translúcidos, la figuración más acá de la que está situada. Los planos de barniz actúan como lentes que concentraron, cada vez con mayor intensidad, la luz en los focos emotivos del cuadro. La transición de un tono a otro, en sentido horizontal de la pintura, se efectúa mediante el rebatimiento exhaustivo con una brocha de abanico empleada como esfumino en los confines de estas zonas hasta confundirlas imperceptiblemente, después de haber establecido una "programación" de los estados mordentes de la pintura.


Pero en ese mundo crepuscular, como de oro y de musgo; en ese mundo de extraños ceremoniales en el que el lenguaje es como el recuerdo atávico, la realidad está conformada por un mirar interior y los sueños, para serlo, tienen que ser irrazonables. La existencia de las cosas es, en esas pinturas, como el rumor es a las palabras. El mundo está siendo murmurado visualmente.


Revista México en el Arte, Nueva Época, Núm. 3, 1984.