17.12.14

El cine mexicano

Por José Revueltas

El cine es un arte que está llamado a ser el arte realista por excelencia. Pero es preciso ponerse de acuerdo, de antemano, acerca de lo que es realismo en no importa qué arte.
Cuando, por ejemplo, en literatura se inició la lucha contra los románticos, se habló del arte como "un espejo de la vida" (Balzac). El resultado de esta concepción fueron, aparte de Balzac y Stendhal, Zola, Huysmans y otros menores, que representaron esa especie de realismo primitivo, tosco, que se llamó el naturalismo. Sin embargo, pese a su parentesco ─parentesco muy semejante al que existe entre la alquimia y la química, digamos─, nada más grande que el abismo que separa al naturalismo del realismo. El tomar el arte como un espejo que reproduce fielmente la realidad, no digo que "fotográficamente" porque también el arte fotográfico puede reproducir la realidad de otro modo a como es, casi implica la negación del arte mismo. No todos los elementos de la realidad son válidos desde el punto de vista artístico: el arte es ordenación, sustracción, acomodo de materiales y de ningún modo una copia. Los mejores entre los naturalistas se han salvado, menos por su concepción del arte que por su talento. De este modo, el realismo puede tomarse como aquella actitud y disposición del artista que le permite no someterse incondicionalmente a la realidad sino tomar de ésta tan sólo su esencia y, más aún, una esencia concreta y determinada, que no se refiere a otras posibles esencias como la filosófica, la doctrinaria, etcétera, sino que con precisión es la esencia estética.
El cine en México está en camino de encontrar sus formas realistas, pero no creo que exista, en sus directores, una conciencia de ello. Es decir, los directores de cine en México no buscan el realismo de una manera pensada y apoyados en una teoría, sino, simplemente, en virtud de la naturaleza misma del cine, se tropiezan con él. No digo esto, de ningún modo, en forma peyorativa. El fenómeno que señalo es positivo; no es un fenómeno de decadencia ─como el que se da, por ejemplo, en el cine realista francés─, sino un fenómeno de esos que se producen en la ascensión, en el desarrollo. Cuando los escépticos hablan mal del cine mexicano, no queda menos sino reírse. El volumen de las buenas películas mexicanas, si se toman en cuenta las limitaciones mercantiles de la industria cinematográfica, es mayor que ese mismo volumen en otros países donde las limitaciones de que hablo son, incomparablemente, más poderosas.
A mi modo de ver, los directores más interesantes en México, desde el punto de vista antes señalado 
es decir, desde el punto de vista del encuentro del realismo, son Gavaldón, Emilio Fernández, Julio Bracho, Ismael Rodríguez y Alejandro Galindo. Los he colocado arbitrariamente, sin un orden premeditado, porque aquí no se trata de decir quién es mejor, sino de analizar una etapa concreta en el desarrollo de nuestra cinematografía.
Gavaldón ha logrado, en La barraca, una obra realista que puede decirse es de perfección clásica. Los elementos de la realidad están tratados sin disimulo, sin trampas ni convenciones. En otras de sus películas no ocurre lo mismo. El socio, magnífica película en múltiples aspectos, hubo de aceptar los recursos convencionales a que la sujetaba el asunto. No obstante, el "modo" de Gavaldón en todas sus obras es, ante todo, un modo realista y es quizá el director mejor orientado en ese sentido.
Julio Bracho, en Crepúsculo, consumó una película de primerísima categoría realista. Entiéndase: no una copia servil de la realidad, sino un ordenamiento estético ─en la plástica y en el "decir" cinematográficos─, que dio por resultado una adecuada emoción en los espectadores.
Emilio Fernández constituye, en realidad, un caso aparte. Hay una extraordinaria confusión en sus móviles estéticos, en su camino. Sus momentos realistas son asombrosos y casi diríanse geniales. Para que en verdad lo fueran, necesitarían no ser momentos, sino algo que se manifestara en un todo coherente. En la obra de Emilio Fernández se ofrece una reiterada distorsión, digamos poética, de la realidad. Esto, en principio, es aceptable, siempre que la distorsión poética no sea arbitraria, como por desgracia ha venido ocurriendo en las películas del Indio.
Alejandro Galindo ha descubierto un realismo de un tipo muy especial. Entre nuestros directores, él ha aportado a la cinematografía mexicana un "modo" verdaderamente nuevo: el realismo costumbrista. Un punto intermedio entre el "espejo de la vida" de los naturalistas y lo que es el realismo auténtico. Aquí, en efecto, lo único que falta es cierta profundidad, una mayor penetración en lo humano que Galindo toca.
El más joven de nuestros directores, Ismael Rodríguez, se encamina valiente e intrépidamente por una ruta que lo llevará a excelentes descubrimientos. La etapa actual de su trabajo se encuentra en un naturalismo que podríamos llamar "horriblista"; la copia cruda, áspera, diríase vociferante, de la realidad. Es un barroco del horror ─cosa, por otra parte, que se me podría criticar a mí mismo en mis producciones literarias, lo cual digo a fuer  de honrada autocrítica. 
Creo firmemente que no es fácil, por cuanto a inquietud, obra realizada y posibilidades potenciales, que en la cinematografía de otros países puedan señalarse cinco directores como éstos a que me he referido en esta breve nota. Sobre todo, cinco directores que tengan atrás de ellos un país tan extraordinario, tan hondo, grave, hermoso y fecundo.



En El conocimiento cinematográfico y sus problemas, 1965.