25.6.14

Literatura y vida

Por Rainer Werner Fassbinder

La filmación de una obra literaria se legitima, contrariamente a la opinión corriente a éste respecto, en manera alguna por una traducción, hasta donde puede ser posible congeniar, de un medio (la literatura) en otro (el cine). El ocuparse fílmicamente de una obra literaria no debe entonces ver como su sentido lograr una saturación máxima, por así decirlo, de las imágenes que la literatura hace surgir en el lector. Esa pretensión sería en todas formas absurda, pues cada lector lee cada libro con su propia realidad, y de esa manera cada libro provoca tantas fantasías e imágenes distintas, cuantos lectores tienen acceso a él. No hay por consiguiente ninguna definitiva realidad objetiva de una obra literaria, y por eso mismo la intención de una película que se enfrenta con la literatura, no puede residir en ser el logro definitivo de la absoluta concordancia con el mundo de imágenes específicas de un poeta. El intento de convertir la película en Ersatz de una pieza literaria, basándose en los más mínimos comunes denominadores en materia de imaginación, sería obligatoriamente mediocre y chato en su resultado. Una película que se desarrolla en debate con la literatura y con la lengua, debe presentar ese debate con toda claridad y transparencia, en ningún momento debe permitir que su imaginación aparezca como general; siempre, en cada fase, debe hacerlo reconocible como posibilidad de tratamiento de un arte ya formulado. Solamente de esta manera, con una clara posición para interrogar a la literatura y al lenguaje, para someter de nuevo a prueba los contenidos y posiciones de un poeta, como una imaginación reconocible como personal frente a una obra literaria, se justifica su filmación.

Querelle de Brest de Jean Genet es quizás la novela más radical de la literatura universal en lo que toca a la discrepancia entre posición objetiva e imaginación subjetiva. El acontecer externo, puesto en marcha por el mundo imaginístico de Jean Genet, no produce nada de gran interés, cuando más una historia criminal de tercera categoría, de la que apenas vale la pena ocuparse. Pero lo que sí vale la pena es la confrontación con la forma narrativa de Jean Genet, el debate con una extraordinaria imaginación, que hace surgir un mundo a primera vista extraño, un mundo en el que aparentemente rigen leyes propias, sometidas a una asombrosa mitología. Es en extremo excitante, emocionante , primero muy lentamente, pero luego de manera cada vez más acuciosa, descubrir la forma en que ese mundo extraño, con sus propias leyes, se comporta con respecto a nuestra propia realidad, sentida también ciertamente de modo subjetivo, y mueve a esa realidad a admitir notables verdades, pues nos obligan a conocimientos y decisiones que ─y soy absolutamente consciente del pathos─ por muy dolorosos que puedan parecer en cada caso particular esos conocimientos, nos hacen más cercana nuestra propia vida. Lo que también significa: nos acercamos a nuestra propia identidad. Y solamente quien es idéntico consigo mismo, ya no necesita tener ningún miedo al miedo. Y solamente quien no tiene ninguna clase de miedo, puede amar libremente; la meta más extrema de todo esfuerzo humano: ¡vivir su vida!


Es un artículo aparecido póstumamente en Die Zeit en su entrega del 18 de junio de 1982.

8.6.14

El surrealismo a pleno sol

Por René Magritte.

(Manifiesto número 1, octubre, 1946)
Un cierto surrealismo pretende domesticar lo desconocido. Todo, como en una filosofía, no se preocupa más que de conocer el mundo y olvida transformarlo. Un sistema de creencias en "seres" y en "fuerzas" misteriosas ha reemplazado el entusiasmo de los inicios. Así llamados surrealistas, retoman incluso a su cuenta "el amor del arte" cuando no es de la patria, esperando sin duda convertirse pronto a una religión cualquiera. Este surrealismo no es practicado en el presente más que por pequeños tunantes, gentes ingenuas o fatigadas y comerciantes al día. En cuanto a los antepasados, permanecen en su confortable renombre, o bien se han resignado a abandonar la lucha. Sin embargo, la experiencia continua a pleno sol.
Todo acaece en nuestro universo mental. Por universo mental es necesario entender forzosa, absolutamente, todo lo que podemos percibir por los sentidos, los sentimientos, la imaginación, la razón, la iluminación, el sueño, o por cualquier medio. Somos responsables del universo, esta evidencia nos permite juzgar las filosofías no dialécticas (idealistas o materialistas) en su justo nivel de juegos en el vacío, puesto que los filósofos intentan lograr el pensamiento perfecto que debe confundirse con el objetivo al extremo de negarlo.
El sentimiento que tenemos de no poder huir del universo mental nos obliga, por el contrario, a afirmar la existencia de un universo extramental, y la acción recíproca de uno sobre el otro llega a ser más cierta.
Nosotros no podemos percibir ninguna "sombra" ni "luz" del universo extramental. Como no podemos conocer nada del universo extramental, no existe misterio. No conocemos sombras irreductibles, pues una visión atenta revela que en toda sombra física o espiritual hay luces, colores que lo animan. (El pensador desgraciado se atemoriza por las tinieblas del infinito, otro escucha la música de las esferas.)
Si no hubiesen estado tan miserablemente dominados por sus medios en un mundo tan miserable, los Factor Cheval, los Aduanero Rousseau, los saltimbanquis, los niños y los locos serían capaces de realizar espectáculos maravillosos que no nos dejarían indiferentes. Son tentativas a retener. Se oponen a la concepción cristiana del mundo que quiere instaurar un valle de lágrimas, y a la de ciertos surrealistas actuales que hacen una poesía fraudulenta y temen toda luz poco viva.
No es necesario temer la luz del sol bajo el pretexto de que casi siempre ha servido para iluminar un mundo miserable. Bajo trazos nuevos y encantadores, las sirenas, las puertas, los fantasmas, los dioses, los árboles, todos esos objetos del espíritu serán restituidos a la vida interna de las luces vivas en el aislamiento del universo mental.

Tomado de René Magritte, Manifestes et autres écrits. 
Traducción de Miguel Ángel Muñoz