6.4.14

Pintura y entendimiento con los ojos del pintor

Por Miguel Ángel Asturias

Delvolver los ojos a los que no los tenemos. Esto hacen los pintores. Nos devuelven los ojos. Una manera de ver las cosas. Una manera especial de contemplar el universo que nos rodea o que imaginamos en sueños. Por eso cuando asisto a una exposición pictórica, tomo a la humildad como guía, y me borro a mí mismo, mis gustos, mis tendencias, mis remanentes anteriores, prejuicios, maneras de pensar, a fin de usar como míos, los ojos que el pintor me dará prestados. Y lo que digo de los pintores, puede ampliarse, si se quiere, a todas las artes plásticas. Sólo que tratándose de los pintores, por el color, se nos presenta más completo (como en televisión de colores), más completo el panorama de nuestra renovadísima manera de mirar. Un mecanismo en verdad extraño. Un mecanismo que muchas veces reduce todo lo que contemplamos, a frases pictóricas, que no pasan de una pincelada, o símbolos convencionales que aceptamos como caminos para acercarnos, sensibilizarnos, al cuadro que enfrentamos. Nos reeducamos. Porque es eso, reeducarse los ojos para variar nuestra visión, para no ver como vemos siempre, lo que pasa a través de nuestra retina a herir, no nuestra inteligencia, nuestra facultad de razonar, sino nuestra sensibilidad y nuestro inconsciente.

[...]

Diorama de Cultura (Excélsior), 1971, 6.

Marcel Marceau

Por Juan José Arreola

En el espacio negro, una inscripción en blanco. En la nada pura brotan signos de alfabeto universal. Un crayón delgado y decisivo va de lo cuneiforme a la taquigrafía y nos cuenta la aventura y la desventura del hombre. A partir de la inmovilidad y el silencio, el Absoluto suscita objetos y personas. Seres irracionales, fuerzas invisibles operan dentro y fuera de Marcel Marceau, lo mueven y tiran de él, lo levantan por el aire o lo arrastran por el suelo. Lo atan y lo desatan.

Concentrado en la esencia, sabe que toda palabra es limitada y local. Habla el lenguaje de los mudos adrede, desesperado y urgente. Se ha fugado de Babel y sabe que la confusión de las lenguas es un enorme malentendido. Nos habla con el esperanto del alma que se manifiesta en el cuerpo. Y si sus ojos lloran secos, a los nuestros, viéndolo, los humedecen lágrimas verdaderas. Desde la pizarra escolar del escenario, nos exalta y humilla a cada uno. Sentados, hipócritas felices, nos obliga a entrar en su juego: Maestro. Si nace, le damos vida. Si muere, nosotros le damos muerte a sabiendas de que somos el verdugo y la víctima. Entramos y salimos del tribunal absueltos y castigadores. Tenemos la culpa pero lo aplaudimos. Y al aplaudir nos ovacionamos a nosotros mismos porque nos ha hecho creer que no somos culpables, todavía se puede, viéndolo, aspirar a la bondad y a la ternura. Al ras del suelo instala la altura del abismo. ¿Quién quiere caer? ¿Quién quiere subir? La balanza y su cuerpo pesa nuestras almas. Están a la disposición de todas las probabilidades del que todo lo pierde, las apuestas del avaro y del pródigo, del músico y del poeta, del lujurioso y del soberbio. Tomamos nuestra parte en el reparto de vicios y virtudes, pero nadie puede arrojar ya la primera piedra contra nadie.
Marcel Marceau: Blanco sobre negro. Y sobre la cara blanca se inscriben el bien y el mal, apoyados apenas en los trazos leves de las facciones. Bajo las cejas, arriba de la nariz anhelante, de la boca persuasiva sin voz, brillan los ojos: indican luz o señalan sombra...

Grita en silencio. Nadie puede oír, pero todos lo entienden. Desde el desierto de la escena, su gesto clama sobre el público. Hemos comido todas las cerezas y los asesinos se adueñan de nuestro tiempo. El hongo capaz de envenenarnos a todos oscurece el horizonte con perentorio estallido. Hay que darse cuenta. Un hombre solo, puede representar la humanidad. Nos lo dice, sin hablar, Marcel Marceau.


Revista de la Universidad Nacional, 1967.
Texto completo: Marcel Marceau 


1.4.14

¿Para qué sirven los poetas?

Por Jorge Luis Borges

Es muy extraño el oficio de ser poeta y escritor, Chesterton alguna vez dijo: "Sólo se necesita una cosa: ¡todo!". Este todo es más que una simple palabra para el escritor: debe tomarla en su sentido literal. Representa las experiencias humanas primordiales y esenciales. Por ejemplo, un escritor requiere de la soledad y no se queda sin ella. Necesita amor y ama, a veces sin ser correspondido. Precisa de amistades. En una palabra, necesita del universo. Hasta cierto punto, el ser escritor es sinónimo de soñar despierto: vivir una especie de doble vida.

Allá por 1923 publiqué mi primer libro, "Fervor de Buenos Aires", y no se trataba de una alabanza a Buenos Aires. En vez de ello traté de expresar mis sentimientos sobre mi ciudad. Sé que en aquel entonces necesitaba muchas cosas, pues aunque en casa respiraba una atmósfera literaria –mi padre era hombre de letras ,  no me bastaba. Necesitaba algo más, que con el transcurso del tiempo encontré a través de la amistad y por medio de pláticas sobre el mundo de las letras.


Esto es precisamente lo que una buena universidad debe proporcionarle a un escritor joven: conversaciones, discusiones, el arte de asentir y, lo que posiblemente sea más importante, el arte de disentir. Tal vez a través de éste llegue el momento en que el escritor joven sienta que es capaz de convertir sus sentimientos en poesía. Por supuesto, debe comenzar por imitar al escritor que más admire. Esta es la manera en que un escritor se encuentra a sí mismo, perdiendo su identidad: esa forma rara de vida doble, de vivir en la realidad lo más que puede y a la vez vivir en esa otra realidad, la que tiene que crear, la realidad de sus sueños.



Pensemos en los poetas aún sin renombre, en los escritores todavía anónimos, que deben reunirse y mantenerse unidos. Estoy seguro que es nuestra obligación ayudar a estos futuros benefactores a llegar al descubrimiento final de sí mismos, lo cual conduce a la literatura inmortal. Literatura no es sólo malabarear palabras, lo que importa es lo que se deja sin decir o lo que puede leerse entre líneas. De no ser por este profundo sentimiento interno, la literatura sólo sería un juego, y sabemos que puede ser mucho más.



(C) 1971, The New York Times News Services.